La Puerta
La
única vía de acceso al pueblo era un camino de lastre que le tomaba a un auto
de doble tracción seis horas en completar desde la conexión con la carretera
principal.
Mi familia y yo tardamos cuatro más
en llegar a ese punto desde la ciudad y ya no nos quedaban fuerzas para sonreír
cuando pudimos descargar las cosas del auto y entrar a la casa que nos habían
prestado para pasar las siguientes dos semanas. Habíamos decidido tener unas
vacaciones distintas y aquella parecía una alternativa perfecta.
No había acceso aéreo porque el
bosque circundante era demasiado denso, la lluvia caía casi invisible pero
constante y el aire era frío y nostálgico. La nuestra era una de las seis casas
que componían la comunidad, los vecinos más cercanos estaban a poco más 100
metros y al medio día apenas veíamos las luces de las ventanas a través de la
neblina.
No había electricidad ni agua
corriente y las otras cuatro casas estaban ocultas entre los árboles. Estábamos
prácticamente solos.
La casa era enorme y de madera y fue
construida hace más de 120 años. Las once habitaciones estaban repartidas de
manera laberíntica y el orden de las salas de estar, la cocina, el comedor y
otras zonas comunes era tan improbable como inútil.
Los seis hablábamos en susurros para
proteger la antigua paz que reinaba aquel lugar secreto y en pocas horas nos
acostumbramos a no decir nada. El tiempo empezó a pasar más lento y yo me perdí
entre pasillos, puertas y ventanas.
Un par de horas después de que se
apagara el exiguo sol llegué a la última puerta del último pasillo. Como si
hubiera estado ahí todo el tiempo, el perfil de mi madre se dibujaba entre las
sombras.
- Mami,
¿quién vive ahí? – pregunté casi telepáticamente para no romper el silencio.
- La chiquita.
– contestó ella con naturalidad. Y se
fue.

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