domingo, 29 de abril de 2012

La Chiquita - I Parte





La Puerta

La única vía de acceso al pueblo era un camino de lastre que le tomaba a un auto de doble tracción seis horas en completar desde la conexión con la carretera principal.
            Mi familia y yo tardamos cuatro más en llegar a ese punto desde la ciudad y ya no nos quedaban fuerzas para sonreír cuando pudimos descargar las cosas del auto y entrar a la casa que nos habían prestado para pasar las siguientes dos semanas. Habíamos decidido tener unas vacaciones distintas y aquella parecía una alternativa perfecta.
            No había acceso aéreo porque el bosque circundante era demasiado denso, la lluvia caía casi invisible pero constante y el aire era frío y nostálgico. La nuestra era una de las seis casas que componían la comunidad, los vecinos más cercanos estaban a poco más 100 metros y al medio día apenas veíamos las luces de las ventanas a través de la neblina.
            No había electricidad ni agua corriente y las otras cuatro casas estaban ocultas entre los árboles. Estábamos prácticamente solos.
            La casa era enorme y de madera y fue construida hace más de 120 años. Las once habitaciones estaban repartidas de manera laberíntica y el orden de las salas de estar, la cocina, el comedor y otras zonas comunes era tan improbable como inútil.
            Los seis hablábamos en susurros para proteger la antigua paz que reinaba aquel lugar secreto y en pocas horas nos acostumbramos a no decir nada. El tiempo empezó a pasar más lento y yo me perdí entre pasillos, puertas y ventanas.
            Un par de horas después de que se apagara el exiguo sol llegué a la última puerta del último pasillo. Como si hubiera estado ahí todo el tiempo, el perfil de mi madre se dibujaba entre las sombras.

-       Mami, ¿quién vive ahí? – pregunté casi telepáticamente para no romper el silencio.
-       La chiquita. –  contestó ella con naturalidad. Y se fue.

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