El Calendario
Era,
sin duda, la habitación de una niña. La cama estaba vestida de rosado y las
muñecas viejas y de ojos saltones estaban sentadas sobre ella.
En las paredes había espejos y lámparas de
aceite. Dos sillones forrados con telas estampadas de flores miraban de frente
la cama y a la derecha se levantaba un imponente armario blanco.
En un escritorio frente a la ventana había
una colección de diarios, libros, plumas y pequeños adornos de cerámica.
Mi cuerpo se estremecía con cada paso que
daba. Quería conocerla pero sin tener que verla. El corazón se me partía al
descubrir la soledad de aquella pieza y saber que la habitaba una niña.
En aquellos pueblos, la gente acostumbraba a
colgar un calendario en sus habitaciones con la fecha de su nacimiento marcada
para no cambiar jamás la página. Yo lo sabía y lo quería encontrar.
La luz era más intensa que en el pasillo y
supe que era porque las ventanas estaban limpias. El calendario mostraba una
imagen de dos niños desnudos comiendo uvas y los colores se habían ido hacía
décadas.
Décadas.
¿Décadas?
Correr en aquella casa era algo estúpido pero
igual lo intenté. Debía encontrar a mi familia que estaría reunida en alguna
sala de estar en silencio. Volví a llamar a mi mamá pero no me contestaba.
Los nervios estaban a punto de salírseme por
la piel y en cuanto divisé el contorno de dos cabezas contra la luz de una
ventana caí paralizado de rodillas frente a ellas.
Mis hermanos me vieron con asco y mis papás
no se dignaron a verme a la cara. Era impensable que yo me atreviera a romper
el hechizo del silencio de aquel paraíso congelado.
- ¡La
chiquita tiene 40 años!
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