miércoles, 2 de mayo de 2012

La Chiquita - IV Parte



El Calendario

Era, sin duda, la habitación de una niña. La cama estaba vestida de rosado y las muñecas viejas y de ojos saltones estaban sentadas sobre ella.
En las paredes había espejos y lámparas de aceite. Dos sillones forrados con telas estampadas de flores miraban de frente la cama y a la derecha se levantaba un imponente armario blanco.
En un escritorio frente a la ventana había una colección de diarios, libros, plumas y pequeños adornos de cerámica.
Mi cuerpo se estremecía con cada paso que daba. Quería conocerla pero sin tener que verla. El corazón se me partía al descubrir la soledad de aquella pieza y saber que la habitaba una niña.
En aquellos pueblos, la gente acostumbraba a colgar un calendario en sus habitaciones con la fecha de su nacimiento marcada para no cambiar jamás la página. Yo lo sabía y lo quería encontrar.
La luz era más intensa que en el pasillo y supe que era porque las ventanas estaban limpias. El calendario mostraba una imagen de dos niños desnudos comiendo uvas y los colores se habían ido hacía décadas.
Décadas.
¿Décadas?
Correr en aquella casa era algo estúpido pero igual lo intenté. Debía encontrar a mi familia que estaría reunida en alguna sala de estar en silencio. Volví a llamar a mi mamá pero no me contestaba.
Los nervios estaban a punto de salírseme por la piel y en cuanto divisé el contorno de dos cabezas contra la luz de una ventana caí paralizado de rodillas frente a ellas.
Mis hermanos me vieron con asco y mis papás no se dignaron a verme a la cara. Era impensable que yo me atreviera a romper el hechizo del silencio de aquel paraíso congelado.
-       ¡La chiquita tiene 40 años!

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