El Viento
Había envejecido. Aquella semana ya había
hecho mella en todos y ahora teníamos rostros de viejos sabios. Yo aún
deambulaba solo por los vericuetos de aquella casa infinita y terminé, como
siempre, en la puerta de La Chiquita.
- Mami,
¿quién vive ahí?
- Qué
triste, ¿verdad?, los vecinos dejaron a la chiquita aquí sola. – me dijo desde
alguna parte de la casa.
La puerta no tenía candado.
Mi razón impedía que levantara el brazo y
empujara la puerta, con el rabillo del ojo vigilaba la ventana sin atreverme a
asomarme y la nuca registraba cualquier movimiento detrás de mí en aquel largo
pasillo.
La casa crujía. Los vientos habían aumentado
su velocidad y todas las noches oíamos los lamentos de los árboles y el techo.
Esperé.
La puerta se abrió con el viento.
Entré.

No hay comentarios:
Publicar un comentario