jueves, 26 de abril de 2012

Las montañas también lloran



Cuando salgo de madrugada de mi casa para ir al trabajo, me encuentro, al Este, con varios picos imponentes que miran hacia el Valle Central. Son las mismas montañas que están en el fondo de innumerables recuerdos infantiles y adolescentes.
            A veces las nubes caen rendidas sobre los picos y parece una avalancha de algodón, otras veces el cielo despegado deja ver algunas estrellas y la individualidad de los árboles más altos de la cima, y un día hasta vi cómo amanecíamos con nubes rosadas. Pero pase lo que pase sobre ellas, las montañas me miran con la misma cara, desde la misma distancia y la misma altura. Siempre.



Pero ya sé que la palabra “siempre” no significa nada y juro que esas montañas un día van a desaparecer. Hoy hace cuatro años mi concepción de la estabilidad cambió otra vez. Llegó de un solo golpe, justo después de despertar en plena madrugada.
Me costó despertar, lo admito, la súbita aparición de mis hermanos en mi cuarto (que vivían a más de 100km de distancia) no logró arrancarme de la cama hasta que alguien empezó a murmurar con aquel tono de tragedia.
Abrí los ojos.

Al otro lado de la habitación estaba mi hermana viéndome a la cara esperando que la mirara.
-       ¿Cómo está abuela? – susurré.
La respuesta no fue pronunciada pero el frío movimiento en sus labios me la dieron: el mundo de papi había perdido los frenos.
¿Dónde está mi papá?


Una mujer pequeñita había migrado hacia la ciudad en busca de una mejor vida para sus hijos. Luchadora, emprendedora y nadando siempre contra la corriente.
Un hombre grande había vuelto a la ciudad en busca de sus orígenes después de trabajar en cuanto oficio no calificado hubiera en todas las provincias del país. Estaba en su casa, en su barrio, en su tierra. Luchador, emprendedor y nadando siempre contra la corriente.
Aquella minúscula mujer tenía un corazón enorme y aquel hombre de acero tenía ideas enormes. Se conocieron, se casaron y adoptaron a mi papá.



 El desayuno de los niños, las llamadas a los familiares, los horarios de los eventos, la cancelación de los planes de todos, llamar a los trabajos, mudarnos, meternos al auto, llegar.
El 92% de los presentes en la vela eran desconocidos. ¿Quiénes son estos?, ¿quién era mi abuela?... ¡¿dónde está mi papá?!
            Y entonces lo vi. El mundo se detuvo en seco, se apagaron las luces y la verdad me pegó en la cara como un puñetazo:
            Mi papá estaba llorando.

EL PÁNICO
El pánico me puso una sonrisa en el rostro y se escondió detrás de mi obsesión por ordenar el caos. Pasé horas fingiendo que recordaba a medio mundo cuando me saludaban, hablando con el abuelo tratando de que no rompiera en llanto, intentando que papi comiera algo y tratando de entender en qué parte de mi vida había descuidado la relación con abuela.
No tenía idea de lo que pasaba entonces por la cabeza de mi papá. No quería saberlo, no todavía.
Cuando los segundos no lograban alcanzar en número a las lágrimas de mi papá logré sacar a mi hermano del salón para manejara, luego convencí a mis abuelos maternos para que nos llevaran a su casa a comer y una vez ahí convencí a mis hermanos para que comieran.
             Esos pequeños triunfos me mantuvieron al margen de lo que sucedía hasta el día siguiente. Cuando llegamos, después de carreras matutinas y sin saber el paradero de nuestros padres, lo vi otra vez.
           
            No era el mismo.
El papá de mi infancia y adolescencia no había llegado al entierro, ese era otro. Ese, en vez de ser invencible, estaba sentado en primera fila, viendo lo que se le iba, intentando sobrevivir.
            En los entierros la gente camina como estúpida detrás del ataúd hasta el cementerio procurando que les de cáncer de piel, aún no entiendo porqué la gente exhibe sus eventos más tristes. Este entierro no fue la excepción y ahí íbamos, cuesta arriba.
            Papi también caminó, siempre al frente con sus hermanos, y nosotros íbamos atrás, asustados y escondidos entre la muchedumbre, vigilándolo. ¿Dónde está mi papá?

            Después de tantas ceremonias y silencios prolongados, la parte más difícil de la despedida llegó. La abuela era colocada en su última cama para siempre, las hermanas se despedían con un leve roce de sus manos sobre el ataúd y los niños colocaban flores.
            Papi estaba siempre a su lado, llorando. Y luego mi hermano mayor lloró y luego los demás lloraron y yo me quedé atrás sin saber cómo llorar. ¿Dónde putas está mi papá?

MI PAPÁ
Dos de los eventos más difíciles en la historia de mi papá han impulsado mejorías inmensurables en nuestra relación. Este fue uno de ellos.
            Cuando la tumba estaba sellada y la mayoría de la gente se había ido me acerqué a él. Parecía que había vuelto a este mundo y me hablaba. Me dijo cuán buena era su madre y cuánto la iba a extrañar. Creo que desde que nací no habíamos permanecido abrazados por tanto rato.
            Y luego, de nuevo, me cambió la vida:
-       No nos va a pasar lo mismo, Marquito, desde hoy vamos a tener una mejor relación.

Y así es como ahora tengo una montaña más alta que antes. Y sí, es una montaña que llora.


Mi papá, mis hermanos y yo nos conocimos otra vez, nos abrazamos cada vez que podemos y nos recordamos cuánto nos queremos. Es increíble la magnitud de lo positivo que puede resultar de un evento tan devastador.
Ese día la vida despedazó a mi papá y lo dejó tirado sobre sus propios huesos rotos. Pero papi se levantó, se volvió a armar, aprendió la mayor lección de su vida y la puso en práctica de inmediato.
Cuatro años después mis ojos finalmente se humedecen de agradecimiento a aquella extraordinaria mujer que educó a mi papá y que de alguna manera me lo volvió a regalar, sano, valiente, invencible y mío. Mío para siempre.




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