Tomás había sido como un padre para Matías, pues nunca conoció al verdadero. Desde que tuvo memoria, su objetivo principal había sido garantizarle a Matías un buen rato y una buena vida. Las conversaciones siempre eran de su agrado, las fiestas y los paseos los planeaban según los gustos de Mati y hasta había adoptado una nueva manera de comer para agradarle. Era su vida.
Cuando el accidente le arrancó el corazón y lo dejó tirado en el suelo como un maniquí, Tomás había superado todas sus debilidades físicas y había acudido a su encuentro tan rápido como pudo. Lo abrazó y guardó el silencio que Matías necesitaba, pero no encontró las sonrisas y la fortaleza que él mismo había sembrado.
Matías regresó de su caminata a media tarde e inmediatamente subió a su habitación, su refugio. Se acostó con la misma ropa y se puso a escuchar música con un volumen tan bajo que sus propios pensamientos hacían más bulla. Las horas pasaron y cuando no se oía nada más que los grillos del patio, la puerta se abrió y entró una figura. Matías sonrió complacido por la inesperada visita y Tomás habló:
- Es normal extrañar tanto, Mati. Y, según dicen, es normal aferrarse al pasado y desentenderse del presente por un tiempo, pero creo que es hora de empezar a vivir otra vez.
- No me da la gana.
Tomás no se ofendió, se lo esperaba. Desde donde estaba sólo veía la silueta de su hermanito y pensó en todas las cosas por las que habían pasado. Se culpó a sí mismo por ver cómo su propia familia se había rendido, quiso gritarle, sacarle la tristeza de una bofetada y sacudirlo hasta que el verdadero Matías saliera de su encierro. Se limitó a despedirse desde la puerta:
- Lo extraño mucho.
Y salió.
- Es mi culpa
El fantasma asintió y un par de lágrimas brillaron en la oscuridad. Matías no sabía que los fantasmas podían llorar y la conmoción le arrebató lo último que le quedaba de amor propio.
Lo siento, lo siento, lo siento...


Vieras que Matías me cae bastante mal, de momento, porque trata demasiado mal a la gente que lo quiere...
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