II
Blanca sabía que aquella muerte le había arrancado a su mejor amigo de su lado y luchaba incansablemente para traerlo de vuelta. Tomó su mano y mirándolo a los ojos, le sonrió. Matías se hundió en aquella sonrisa tonta que tanto amaba y recordó.
Blanca era la mujer de su vida. Era su mejor amiga, su vecina, su confidente y fue con ella con quien experimentó la ciencia del beso.
Cuando tenían nueve años, Matías ayudó a Blanca a salir por la ventana de su cuarto mientras sus padres discutían en la cocina. Cuando llegaron al patio de la casa de Matías, notaron que él se había orinado en los pantalones y se rieron para no llorar. Unas horas más tarde, cuando los platos dejaron de estrellarse contra las paredes, Matías se subió a Blanca a los hombros y la ayudó a entrar. Los escapes continuaron por cuatro años más hasta que el divorcio dio fin a las guerras espantosas que consumían, a fuego lento, a su amiga.
Cuando tenían diez, Blanca se escapó de casa sólo para ir a ver a Matías competir en las actividades deportivas anuales de la escuela. Sabía muy bien que su padre la querría matar si se enteraba y sabía que Matías ya se lo había perdonado de antemano, pero era demasiado importante para él. Matías perdió la competencia cuando la vio sentada en la gradería y se detuvo en seco. No les importó que hubiera perdido, ese día entendieron que estaban hechos para complementarse.
Matías nadó fuera de la mirada eterna de Blanca y respiró profundo. Se abrazaron y cada uno entró a su casa. Blanca estaba segura de haber visto los vestigios del muchacho feliz que amaba y que la reconoció.
Hoy cerré los ojos por un instante y me sentí abandonado. Debo permanecer despierto o el mundo se va a congelar, tengo que atrapar al fantasma para que se quede siempre conmigo.

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