Este cuento lo escribí para el 14to Concurso de Cuento Corto de 89decibeles que todavía está en curso. Las votaciones empiezan el 26 de setiembre y es solo para miembros del foro. Cualquier persona puede ser miembro del foro.
22 de abril
Para Alfredo, tomar café con el bochorno de una tarde limonense nunca fue una buena idea pero su adicción a la cafeína lo convenció de seguir con el hábito. Mientras ordenaba las sillas para la reunión de ese día con los miembros regionales del Partido, se burló de él mismo por no poder acostumbrarse a ese clima en 40 años.
La brisa entraba por las grandes ventanas que había abierto en la parte más alta de las paredes y desde el fondo se ayudaba con un ventilador eléctrico. Aquello era demasiado para un viejo josefino, pensó.
Viviana y Leonardo habían tenido un buen día de trabajo. Ella, maestra de preescolar, había dirigido una sorpresiva discusión entre sus estudiantes sobre las naranjas. Los más tradicionalistas respetaban su nombre mientras otros defendía su posición con su propia merienda: las naranjas eran amarillas. Ella quedó tan impresionada con los argumentos de los pequeños que lo comentó con sus compañeras a la salida y todavía en la tarde se reía en la cocina mientras partía unas para sus dos hijos.
Leonardo, mensajero de una empresa de alimentos, había hecho pocas entregas y pudo llegar a casa antes de las 3pm. Cada fin de mes sufrían crisis económicas que les envolvía en un ambiente frío y silencioso en el que hasta los niños participaban, pero además de eso, la vida en Coronado era tranquila.
Sonia, quien contaba un esposo y tres hijos muertos, dos hijas en el extranjero y otra solterona viviendo en el mismo cuarto durante 49 años, vivía entre el grupo de chismosas del barrio y la clínica de Guadalupe. Hacía fila en la panadería desde las 5:40am todos los días para darse el gusto de elegir primero y miraba a escondidas algunas series de televisión extranjeras que criticaba duramente en público.
Aquel lunes transcurría como muchos otros.
A las 12:23:02 Viviana tomaba el bus hacia Coronado, Leonardo almorzaba en el comedor de la empresa, Alfredo recibía un encargo nuevo de telas y Sonia elegía, sin ocultar su asco, una empanada de carne en una soda cercana a la clínica.
A la 13:59:41 gritaron su nombre desde una ventanilla, Viviana barría el cuarto principal, Leonardo pasaba por el cruce de Moravia y Alfredo le explicaba a su ayudante cómo mantener la espuma en su lugar mientras le cocía la tela.
Los hijos de Viviana tenía tres y un año de edad. Mientras sus padres trabajaban, la vecina, en vez de ir al colegio, los cuidaba. El mayor había descubierto los secretos de la colina del potrero del frente y se deslizaba con el menor en brazos. Todos los días contaba los pasos que le tomaba llegar hasta la cima. Creía que, como él, la colina crecía y algún día tendría el tobogán natural más alto del mundo.
Para ellos aquel lunes también era como cualquier otro. A las 14:27:26 el mayor sacaba cuidadosamente todas las semillas de su naranja mientras el menor luchaba, sin buenos resultados, porque el jugo se quedara en su boca.
A las 15:28:15 ya Sonia iba en el bus de regreso a casa. Odiaba esta parte del día: había salido en ayunas para su cita médica, aún así fue a elegir su pan, había hecho muchas filas sentada y de pie, había almorzado con asco en una soda pequeña y ahora iba sentada en un bus con una desconocida casi dormida en su hombro.
El calor del bus lo empeoró todo. El cabello se le había desordenado tanto que ya no intentaba acomodarlo y estaba segura de que su cara brillaba tanto como la empanada que almorzó. Cuando el bus alcanzó la iglesia de Guadalupe le pidió a la Virgen en silencio que la ayudara llegar pronto a casa.
Eran las 15:36:46.
A las 15:36:51 el Valle de la Estrella quiso partirse en dos. En su intento, quebró la roca subterránea y partió montañas. El brusco movimiento fue acompañado de un desgarrador estruendo que recorrió cientos de kilómetros hasta extinguirse.
Un par de segundos después el taller se sacudió con tanta fuerza que el ayudante y el techo desaparecieron de inmediato. Alfredo se encontró con una pared de cemento y la abrazó. Rezó a gritos con los ojos cerrados. A su alrededor escuchaba madera quebrándose, pedazos de cemento chocar contra el suelo y gritos. Muchos gritos.
A las 15:36:59, Viviana alzaba a los pequeños y los llevaba al corredor. Seguía alerta, lo que sentía en el estómago le preocupaba más que lo que sentían sus pies: miedo.
Leonardo la alcanzó en el corredor, le quitó al mayor del brazo y saltó con ella las cuatro gradas hasta la acera. Cuando cayeron, el suelo era de gelatina. Las ondas eran visibles.
Ambos intentaron gatear con los niños hasta el potrero pero el cemento les cortó las rodillas y empezaron a sangrar. Se acostaron muy cerca y protegieron a los niños con sus cuerpos. A su alrededor escuchaban ladridos, gritos, muchas cosas cayendo y los cables chocando entre sí. Luego, la lluvia de chispas.
Sonia terminó su breve conversación con la Virgen y profirió su mejor insulto en voz alta. Aquello no era el bus, los vitrales de la iglesia vibraban. 20 segundos después, todos gritaban. La mujer a su lado la abrazó.
El corazón de Sonia no quiso pasar por eso y se negó a latir más. Lo último que vio fue la impresionante y colorida explosión de los magníficos vitrales de la iglesia. Casi agradeció el espectáculo, pero ya no se contaba entre los vivos.
A las 15:37:28 la tierra se dejó de mover.



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