VII
Navidad.
El mundo fue hecho para fallarme.
Aquella fecha no significaba nada para Matías, pero los recuerdos le devolvieron de un empujón a la cama. Cada día se sentía más pesado y le costaba levantarse. La verdad era que había perdido diez kilos desde que los frenos fallaron y estaba cruzando el umbral de la desnutrición.
No fue necesario preguntarle si quería decorar la casa. Además, Tomás perdía fuerzas y a veces se daba por vencido. Había luchado con todo lo que el mundo le permitió para que Matías superara la depresión pero parecía que cualquier cosa lo hundía más. Estaba a punto de perderlo.
Esa noche el calor se intensificó muchísimo, Matías se sentó en la cama y miró a su fantasma a los ojos. Aún podía verle, eso lo tranquilizó.
- Lo voy a intentar, pero los dos sabemos que no quiero. – le dijo.
- Gracias por intentarlo, Mati.
- ¿Qué me va a pasar?
- Nada, todo va a seguir igual.
- ¿Me va a doler?
- No hay dolor más grande que el que está sintiendo ahora. – El fantasma tomó su mano.
- ¿Voy a dejar de sentir?
- No, va a volver a sentir.

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