30 de diciembre.
Cuando despertó, su madre estaba sentada al pie de la cama, lo miraba con una sonrisa triste y le susurró un buenos días. Matías respiró profundo tres veces y salió del cuarto, quería alistarse rápido, sin pensarlo mucho.
Tomás estaba sentado en la sala, completamente vestido, se le veía algo pálido. Ambos se miraron fijamente y asintieron, era el día. Omar y Blanca estaban en el corredor, se habían vestido de negro. Era evidente que ambos sufrían ataques de pánico, no sabían qué iba a pasar. Matías aún no había visitado la tumba.
Caminaron.
Al frente iban Blanca y Omar fingiendo tranquilidad. Hablaban bajo y de temas superfluos. Detrás de ellos, Tomás y Matías, y atrás, su madre. Ellos tres caminaban en silencio.
Cuando llegaron a las puertas del cementerio, Matías le miró fijamente y negó.
Necesito que sigamos así, por favor, no puedo hacerlo. No quiero.
Los demás esperaron a que Matías decidiera avanzar. Cuando por fin entraron, Blanca tomó su mano, y mientras una lágrima rodaba por su mejilla, le guió. Omar abrazó a Tomás, que parecía más pequeño de lo normal y dejó que descansara la cabeza en su hombro.
De pie, frente a una sencilla tumba blanca, Matías se permitió llorar. Ignoró las palabras de Omar y el abrazo de Blanca. Temblaba de frío y miedo.
Desde el otro lado de la tumba, su madre le sonreía agradecida, podía apreciar mejor sus detalles y hasta creyó verla brillar. Luego vio como su figura parecía aún más transparente que nunca y trató de no parpadear para no perderla de vista, luchó contra los impulsos naturales y soportó el dolor y la sequedad de los ojos.
Luchó contra su cuerpo, contra el dolor y desesperado quiso prevenir el parpadeo con sus manos...
Parpadeó.
Un alarido de impotencia brotó desde lo más profundo de sus pulmones pero no pudo salir. Cayó de rodillas y buscó entre las tumbas la imagen de su madre.
Nada
Tomás se arrodilló a su lado y Matías, después de dos minutos de inmovilidad, suspiró y levantó la cabeza, miró a su hermano y le abrazó. Temblaba de emoción. Tomó una piedra del suelo y la puso sobre la tumba, sonrió a sus amigos y tomó la mano de Tomás.
Poco a poco fue recobrando el sentido. Escuchó, con alegría, el sonido del viento y el aleteo de las palomas, que no escuchaba desde hacía mucho tiempo, y cerró los ojos. Cuando lo hizo, creyó escuchar un susurro que venía de adentro y puso mucha atención. Era como música muy bajita y estaba cantada en un idioma sin códigos. Lo reconoció al instante y su cerebro lo tradujo:
- Gracias.
Sonrió.
Adiós.


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