Este cuento lo escribí para el 13er Concurso de Cuento Corto de 89decibeles.com
“Alors on sort pour oublier tous les problèmes.” – Alors on danse, Stromae
“Alors on sort pour oublier tous les problèmes.” – Alors on danse, Stromae
Aún resonaban los insultos del último cliente en su cabeza cuando Daniel sacó las cosas del casillero y abandonó el edificio. Ya llevaba tres años trabajando en un Call Center y recientemente había cumplido dos de haber abandonado la universidad. Por eso, cuando recibió un mensaje texto de Carolina invitándolo a salir, ni siquiera lo dudó y tomó un taxi.
Un baño. Lápiz de ojos, desodorante, cepillo de dientes, crema, colonia, faja, pantalón, camiseta. No, mejor otra camiseta. Y un sostén, dos espejos, lápiz labial, calzones de encaje negro, una enagua y un par de zapatos. No, mejor otro par de zapatos.

El apartamento era probablemente el más frío de San Pedro, Carolina lo usaba para dormir después y antes de trabajar y era, regularmente, donde descargaba su estrés en las caderas de un hombre distinto cada fin de semana. Con excepción de Guillermo, que a veces llegaba los miércoles después de clases.
Un shot de tequila para usted, y dos para mí.
Salieron con la garganta caliente, caminaron algunas cuadras y entraron al primer bar de la noche. La música estaba fortísima y entre calletreces y katyperrys, Daniel empezó a sentirse bien. Carolina se dio cuenta cuando por fin le sacó una carcajada y entonces empezó a bailar más cerca de él.
- ¿Será que hoy le quito lo playo? – gritó. Y lo besó en los labios.
- ¡No, mejor me busca uno!
Cuando salieron del primer bar y entraron al segundo, ya nadie se acordaba de ellos. La música se fundió con sus pensamientos, las cervezas bajaban como agua y Daniel se sentía plenamente satisfecho. Ya no tenía al supervisor en la nuca felicitándolo por su enorme potencial ni a su mamá tratándolo de inútil al frente de sus hermanos.
Fue después del segundo jäger cuando decidieron tomar un taxi para ir a San José. Entraron al bar que más odiaban, pero en el que amanecían todos los domingos.
Un solo salón. Sudor, alcohol, maquillaje corrido, vestidos, pantalones, pastillas y música de colores, pero ninguna camiseta.
La fiesta terminó cuando Carolina desapareció con alguien y dos desconocidos lo llenaron de sudor con el último davidguetta y un “buenos días”.

Anteojos oscuros, gorra y equilibrio. Entró al apartamento de Carolina a las siete de la mañana con un jugo de naranja y dos bollos de pan. Se sentía decaído y más deprimido que doce horas antes. Se asomó a la habitación de su amiga y vio las los pies de un hombre y las nalgas de ella. Típico.
Se acostó a dormir en la sala y ella lo despertó a las tres de la tarde.
- Dani, hoy entra a las cuatro. Apúrese.
Daniel se levantó y en veinte minutos hizo que su malquerido cuerpo abandonara el apartamento y buscara las escaleras. Empezaba una nueva semana que era como todas las demás: tomando llamadas seis días seguidos, durmiendo en la casa de su infancia y soñando con ser odontólogo algún día. Pero sabía que esas escaleras que bajaba lentamente eran las mismas que iba a subir corriendo al final de la semana, lo sabía.

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