lunes, 9 de mayo de 2011

"Yo me quiero casar con usted"

Detrás de la dirección
1995

Cuando tenía cinco años, asistía al Jardín de Niños Flora Chacón, (o Flora Cachón, como dijo alguno de los primos alguna vez), el mismo kínder al que asistieron mis primos y mis hermanos, menos el pequeño.
            Tenía tres compañeras a las que les gustaba, y todos los recreos era una novela diferente en las que las tres peleaban por mí y yo sufría ataques de pánico cuando no sabía dónde poner mi merienda para no provocar enemistades. Un día, la profesora me llamó y con una sonrisa íntima (algo inapropiada) me pidió que llamara a una de ellas, ya ni recuerdo sus nombres. Estaban jugando en las hamacas. Ella juraba que me hacía un favor, pero cada paso que di hacia ellas fue tortuoso: sabía que había un número incierto de ojos siguiéndome esperando a ver a cuál de las tres me acercaba. Era histórico. El niño perseguido y acosado finalmente se acercaba a una de ellas y la llamaba aparte.
            Llegué y las tres se pusieron de pie delante de mí con las barbillas altas, firmes y serias como si fuera la ceremonia más solemne de sus cortas vidas. Cuando un hilo de voz salió de mi boca, el mundo se puso de cabeza. Dos de ellas (las más altas) se enojaron de pronto y dijeron algún insulto que jamás habría escuchado en mi vida (como “qué malo”, o algo así) y se fueron juntas jurando odio eterno, todos los niños en el patio de juegos tuvieron algún comentario y empezaron a correr por todas partes, y la más pequeña sonreía como si la vida fuera la experiencia más maravillosa, gratificante y satisfactoria que un cuerpo pudiera experimentar.
-       La llama la niña.
No sé qué entendió ella, pero por la cara que hizo y la sonrisa que nunca se quitó, creo que esa frase se convirtió en la más romántica que jamás escuchó.
            Sin embargo, ella no me pidió matrimonio. Tampoco las dos grandes. Fue una de mis vecinas, con quien jugaba todos los días, la que me llevó aparte y jugando su mejor carta, me metió detrás de la dirección, me dio un beso en la mejilla y me pidió matrimonio. Se ganó mi pequeñísimo corazón. Nunca había figurado en las novelas de la hora de la merienda ni me había hecho sentir incómodo cuando me hablaba, jugábamos y la pasábamos bien siempre, hasta comíamos en la casa del otro e íbamos juntos a fiestas de cumpleaños, y ahora se lanzaba con todo lo que tenía para ganarme en secreto y para siempre.
-       ¡Sí!

1995

Taxi
2010

            Un día entre semana en el que no tenía que trabajar ni ir a la U, decidí visitar a mi abuelo paterno y aceptar, con todo el gusto del mundo, que me alimentara como si tuviera un estómago del tamaño de mi cama.
            Me contó las mismas historias de siempre (que igual me hipnotizan y transportan a lugares increíbles), analizó los últimos acontecimientos políticos del país, cantó sin pena mientras hacía café y hasta me dio algunos consejos para cuidar a mi gata. Fue una visita bonita, como todas, y ambos teníamos una buena razón para dormir bien, nos habíamos visto, finalmente.
            Al partir, mi abuelo me acompañó a la esquina a detener un taxi, porque llamar uno por teléfono era para él una incomodidad. Estuvimos un par de minutos esperando cuando lo vi por primera vez: desde el otro lado de la calle me miraba con un cariño alcohólico incontenible. Intentó sonreír cuando se dio cuenta de que lo estaba viendo y casi muere atropellado cruzando la calle.
            Me acerqué todo lo que pude a abuelo y le di la espalda. Pero todos sabemos que un amor instantáneo como aquel no se detiene tan fácil.
-       Iyo amo iferente (se tambalea) pque mi corazón no ve difrencias…
Miro alrededor buscando algo que hiciera que eso no estuviera sucediendo pero sólo pude ver dos cosas: un borracho a punto de declararme su amor y la cara de pánico puro de mi abuelo. Él siguió intentando detener taxis que ni existían y bloqueando aquella escena.
-       Mies pósa no, esa no la quiero, iyo lo veo a usted como… iyoo lo miro y… es que iyoo quiero que me amen (parpadea para tratar de no caer desmayado)
A estas alturas, yo estaba dispuesto a devolverme con abuelo para la casa y quedarme a dormir, pero él estaba decidido a detener un taxi y dejar de escuchar aquello. La esperanza llegó en forma de un hombre de 1,80m y una masa muscular de exhibición. Le preguntó a mi abuelo:
-       ¿Necesita ayuda, Sigi? – mira con asco y odio al borracho enamorado.
-       No, no, tranquilo, sólo necesitamos un taxi. – sigue jurando que su brazo levantado hará aparecer autos en la calle.
-       Muy bien, buenas noches  - y entra al mini súper.
No pude sentirme más decepcionado, lo único que pude hacer fue volver a ver a mi paciente pretendiente (para ver si seguía despierto) y levantar mi brazo con la misma desesperante idea de hacer aparecer algún auto.
-       Iyo quero que me amen, iyo que quiero que usted me diga… ¿Qué quiere usted?
-       Un taxi.
Si hubiera tenido un espejo, me habría hecho la peor cara por haber sido tan estúpido como para responderle y asegurarle que estaba escuchándolo. Abuelo quedó en blanco y de la manga se sacó y taxi y lo detuvo. Se despidió de mí como si mi vuelo estuviese a punto de salir y empezó a caminar hacia su casa.
      Cuando por fin abrí la puerta y empecé a subirme, la confesión más impactante del mundo se oyó a doscientos metros a la redonda. Con una proyección teatral y una articulación perfecta, el grito pudo haber sido registrado por un sismógrafo:
-       ¡YO ME QUIERO CASAR CON USTED!
El taxista me volvió a ver preguntándose si yo necesitaba tiempo para contestar,  mi abuelo rezó en voz alta y toda la actividad del bar, el mini súper, el restaurante, la veterinaria, la verdulería, el taller y las decenas de casas del barrio se detuvo. Sólo se escuchó la ropa del borracho mientras se agachaba para hacer más dramática su propuesta y mis dos parpadeos rápidos. Durante dos segundos el mundo no supo cómo funcionar, pero luego todos volvimos a respirar y nos descongelamos. Creo que el señor sí terminó de llegar al suelo, pero yo ya había cerrado la puerta, el taxista arrancado a 60km/h y mi abuelo cruzado la calle. Ningún habitante de Los Árboles va a reconocer ninguna parte de esta historia, cuando el taxi cruzó el puente y mi abuelo cerró el portón, todos lo borraron de su memoria para siempre.

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